Siempre hay forma de retomar tu rumbo.

Podemos ver la vida como estar constantemente navegando entre mares y, aunque algunos sean más agitados que otros, hacemos lo imposible por mantener a salvo a nuestra tripulación. Pero… ¿Qué hacer con las ganas de soltar el timón?

La señal de ayuda es para nosotros mismos. Llega al cerebro y el instinto de conservación hace lo suyo: luchamos, nos abrimos camino y seguimos la travesía aunque nos cueste. Porque no queremos esperar a ser rescatados, queremos ser de los que se recuerdan por no haberse rendido. Somos los que salvan su propio barco.

Nos preparamos a pesar de no saber lo que nos espera, pero se trata de enfrentar lo que surja en el viaje y armar con eso la bitácora, teniendo en cuenta que, la historia más memorable, es la de quien sobrevive para contarla.

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