Las grandes culpas nos han perseguido desde siempre, desde chiquitas, desde la escuela, incluso cuando no sabíamos muy bien por qué debíamos arrepentirnos.

Las grandes culpas nos han perseguido desde siempre, desde chiquitas, desde la escuela, incluso cuando no sabíamos muy bien por qué debíamos arrepentirnos. Ese sentimiento que congela, paraliza y a veces hasta destruye ha sido un constante en nuestras vidas. Así es como un mix iglesia-sociedad transformó y mantuvo por años a la culpabilidad como mejor amiga de la mujer.

Sentimos culpas en la maternidad. Cuando decidimos no ser madres o no serlo tan jóvenes, cuando decidimos serlo y trabajar al mismo tiempo, cuando no somos las mejores, cuando los consentimos demasiado, cuando estamos ausentes, etc.

Sentimos culpas en nuestra vida sexual. Cuando decimos que sí, cuando decimos que no, cuando tenemos sexo casual, cuando no lo disfrutamos, cuando no sentimos placer, cuando comunicamos lo que nos molesta, etc. Es decir, hemos recorrido años para poder disfrutar de un encuentro sexual furtivo, pero todavía nos faltan algunos años para dejar de despertarnos con chuchaqui moral.

Sentimos culpas por no encajar y por eso somos el target perfecto de dietas milagrosas. Sentimos culpas por los rollitos, por no estar con el abdomen marcado, por darle tanta importancia al cuerpo, por no ser lo que los otros esperan de nosotros, por romper ciertas normas, por seguir nuestra intuición en lugar de el qué dirán, etc.

Pero nunca hemos tenido, ni tenemos porqué sentirnos culpables por vivir como nos place hacerlo. Ya basta de tanto curuchupismo disfrazado de una falsa moralidad con un toque de “buenas” costumbres. La única culpa que deberíamos sentir es la de joder a un tercero, mientras recorramos nuestro propio camino, sin hacerle daño a nadie, la culpa es algo que no debe acompañarnos.

 

Escrito por: Redactora Awake