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Cada mañana, con los ojos semiabiertos, masajeo desesperadamente por debajo de mi sábana, colchón y almohada para buscar mi celular

Cada mañana, con los ojos semiabiertos, masajeo desesperadamente por debajo de mi sábana, colchón y almohada para buscar mi celular. Pero lo cierto es que ni en mis sueños se me pierde, si hasta al baño me acompaña.

Un comportamiento con el que funciona el mundo ahora. Tanto, que parece que nuestro teléfono se ha vuelto parte de nuestra mano, incluso con nuestra pareja en frente, que nos brinda un listado de luchas diarias que solo alguien que es o está saliendo con un adicto a las redes sociales, podrá identificar.

Mientras te bañas, con una mano te enjabonas, y con la otra le respondes la nota de voz “ya bajo”. Momentos en los que recuerdas cómo WhatsApp ha matado el timbre de tu casa. Si lo invitas a pasar, darle tu contraseña de Wi-Fi es mucho más romántico que invitarlo a ver Avengers.

En viajes, él tendrá que ser muy paciente cuando los selfies estén sucediendo. 17 tomas no son suficientes para obtener la perfecta. Por eso, lo conviertes en tu fotógrafo personal. Un trabajo de tiempo completo, sin salario, para capturar todos sus (o tus) momentos.

En las peleas, automáticamente sabrás que te va a desvincular de su cuenta de Spotify y te va cambiar su contraseña de Netflix. Lo sé, prefieres que te quiten un riñón antes que eso.

En una cena, es ley que antes de llevarte la comida a la boca, la lleves a todas tus redes sociales. Le tomas foto a la canasta de pan, a los ravioles, a las copas de vino y hasta ese postre que te dañará la dieta. No te importa si se enfría, se derrite o mueres de hambre, lo valioso es que el mundo se entere que estás disfrutando de una romántica velada para dos. Pobre de él, porque ni para pasarle la sal esperas a subirlo hasta después de comer.

En su aniversario, primero subes la foto a Instagram antes que felicitarlo. “Noche romántica con mi <3” #love. Y en segundos llegan comentarios como “¡La pareja del año!”, “¿Me adoptan?”, “Los mejores”, en combo con los emojis del corazón rosa brillante y el ícono del fuego.

En las decisiones importantes. Como cuál debería ser su foto de perfil o qué filtro hace que se lo vea mejor (Valencia). Y en cada publicación, estará tu comentario y aprobación, como una cuestión de lealtad y respeto; de lo contrario, cualquiera dudará que siguen juntos.

En las filas de espera, cuando compites contra su pantalla que le ofrece Facebook, Twitter, Linkedin, su correo del trabajo y el sagrado grupo de WhatsApp de sus amigos, de esos que ya no los llamas por sus apodos, sino por sus alias de Instagram.

Pero dejemos de confundirnos. Nuestro celular no es un ‘Tamagotchi’ (mascota virtual) que morirá si no lo atendemos o alimentamos. Dejemos fuera de nuestra relación los aparatos tecnológicos. Vivamos el momento, levantemos la vista y mirémonos más a los ojos. Convirtámonos en esa persona que hace que uno olvide la necesidad de desbloquear su celular.

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Escrito por:
Ariana Arias
Periodista por profesión. Columnista por afición. Cuestionadora compulsiva. Feminista. Imperfecta.

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Escrito por:
Ariana Arias
Periodista por profesión. Columnista por afición. Cuestionadora compulsiva. Feminista. Imperfecta.

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