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Hace poco leí en un libro una frase que me puso en mi lugar.

Hace poco leí en un libro una frase que me puso en mi lugar. Decía que aunque muchas veces los obstáculos que nos pone la vida no son nuestra culpa, siempre son nuestra responsabilidad. Pensé en todas las dificultades que enfrentamos al intentar alcanzar metas profesionales. Individualmente, no tenemos la culpa de algunos factores que no nos favorecen, como la economía del país o la cantidad de personas que cada año se capacitan y compiten por empleo en nuestras áreas de interés. Pero sí tenemos la responsabilidad de adaptarnos a las circunstancias y luchar por contrarrestarlas.

Me pregunté cuántos de los obstáculos del mundo laboral son autoimpuestos, y noté que, sin importar la incertidumbre del mercado, hay algo que siempre podemos controlar: nuestra disposición a pedir ayuda.

En un país lleno de gente emprendedora, lo más probable es que haya gente con ideas similares a las tuyas que ya ha superado la etapa que estás enfrentando. Compararnos con los demás es parte de la naturaleza humana, y tarde o temprano encontramos alguien que nos intimida. Nos acompleja sentir que una persona de nuestra edad está un paso (o cien) delante de nosotros en su carrera, y pensamos que pedirle ayuda es admitir inferioridad.

Irónicamente, a veces cuando he tenido la oportunidad de trabajar con personas que alguna vez me intimidaron por su autoridad o prestigio, he descubierto que sus destrezas no son inmensamente superiores a las mías. Y en lugar de decepcionarme de ellas, me he decepcionado conmigo por no haberme creado la misma reputación.

Y es que cuando la gente pinta una versión retocada e idealizada de su vida personal y profesional en redes sociales, no lo hace solo por egocentrismo. El medio competitivo en el que vivimos nos obliga a aplicar el famoso “Fake it ‘til you make it” y usar todas las plataformas a nuestro alcance para vendernos. Pero la realidad es que pocas personas son inalcanzables como parecen.

Otra lección que he aprendido es que casi siempre la gente está mucho más dispuesta a ayudarnos de lo que pensamos, y no solo por generosidad o filantropía. Cuando recordamos que a la mayoría de personas les encanta explayarse sobre temas que les apasionan, nos sentimos menos como una carga al pedir ayuda.

No dejemos que la timidez, el orgullo y la paranoia nos estanquen. El mercado es competitivo, pero no todos nuestros colegas nos quieren robar las ideas o serruchar el piso. Es admirable ser independiente y autodidacta, pero reconocer nuestras carencias y pedir ayuda también es de valientes.

diana-illingworth

Escrito por:
Diana Illingworth.
Periodista. Apasionada por el lenguaje y la mente humana.
Amante de la fotografía, la música y el medio ambiente.
Cuestionadora a tiempo completo.

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Diana Illingworth.
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