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Estamos inmersos en una cultura de acumular cosas, demostrar cosas y alardear cosas con el simple propósito de demostrar quiénes somos.

Estamos inmersos en una cultura de acumular cosas, demostrar cosas y alardear cosas con el simple propósito de demostrar quiénes somos. Cuántas veces caemos en la necesidad de validaciones externas para sentir que realmente somos capaces o nos merecemos lo que tenemos. Creemos que primero debemos alcanzar ciertas metas o realizar ciertas tareas para posteriormente llegar a ‘ser’. Para finalmente sentirnos que somos lo que hacemos e indirectamente darnos una palmadita de confianza en la espalda. ¿Qué pasa si invertimos la receta?

Apostemos un poco más a ‘ser’ antes de ‘hacer’. Seamos felices, conectémonos con lo que anhelamos, organicemos nuestros caos naturales, dejemos que las cosas fluyan y por sobre todas las cosas dejémonos fluir. Normalicemos nuestra tendencia a equivocarnos, a sufrir en el camino, a tropezarnos tal vez con la misma piedra más de una vez. Nadie nació con todas las lecciones en la cabeza, nadie nació para dejarse adoctrinar por un perfeccionamiento irreal.

Que no nos sorprenda que el éxito o ese sentimiento de satisfacción que tanto anhelamos llegue cuando decidamos por fin aceptarnos. Es momento de ponernos los zapatos y correr por aquello que deseamos mientras disfrutamos de esa oportunidad efervescente llamada ‘vida’. Entendamos que la verdadera competencia radica en dejarnos ser para así demostrar a nosotros mismos (y después al mundo) todo lo que somos capaces de lograr.

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