PORTADA (15)
Soy venezolana y vivo en Ecuador.

«Mantente firme.
Que no te doblegue el viento ni esa lluvia que desborda los extremos.
Mantente firme.
No importa que te empujen, te saquen de tu sitio,
de tu propio agujero, guarida apenas, escondido refugio.»
Antonia Palacios, Hondo Temblor de lo Secreto.

Soy venezolana y vivo en Ecuador.

Con esas dos migajas de información, es posible que un montón de ideas -las tuyas, las prestadas o ambas- te pongan en cierto contexto: Venezolana. Migrante. Mujer.

Las tres me definen pero no en mi totalidad. Las tres son difíciles de experimentar pero me dan vida porque me hacen.

Siempre que comparto mi historia migratoria cuento que esta decisión no la tomé yo sino que me tomó a mí; porque me encontró cuando más lo necesitaba y no lo sabía. Ciertamente había empezado a contemplar la opción, pero no era algo que buscaba activamente. Una llamada, un ofrecimiento de trabajo en mi área y 8 días cambiaron mi vida.

Estaba adormilada en un país donde todo va cuesta abajo y tus metas están cada vez más arriba. Este dormitar me tenía en un trance de credulidad; creía que era sostenible vivir como lo estaba haciendo, que estaba bien y que todo era “normal”. Pero más allá del cuestionamiento de qué es “normal”, la verdad es que las condiciones de vida me tenían en un ciclo constante de existir.

Solo al pisar tierra ecuatoriana me di cuenta de que no recordaba cuándo fue la última vez que realmente viví estando en Venezuela.

Ecuador me abrió -y me sigue abriendo- puertas que había olvidado que existían: Equilibrio, orden, paz. Tres puertas que han sido cerradas con candado en Venezuela por un Gobierno carcelero, demoledor y destructor.

¿Cómo se comienza de nuevo? Al salir del caos, la existencia te sacude y aflora la vida. A partir de las pequeñas cosas, comienzas a crecer de nuevo: Desde encontrar -con tranquilidad y accesibilidad- artículos básicos de higiene personal, hasta encontrar la serenidad mental para realizar tareas profesionales que, con las preocupaciones alimentadas por la ansiedad, se habían vuelto imposibles.

Cuando hoy describo a Ecuador lo hago con una palabra: Oportunidad. Ésta no vino en una cajita de cereales como un premio, sino a raíz del trabajo de años, demostrando mi capacidad como profesional que construyó puentes con otros; puentes que pude recorrer para llegar hasta aquí.

Nos hacemos con otros desde donde venimos, donde estamos y hacia donde vamos. Esta es una máxima que debemos recordar, una y otra vez, sobre todo cuando las tintas negativas manchan nuestro éxodo; cuando a gritos se expande el “venezolanos aquí no”, cuando olvidamos que dar una mano puede salvar una vida.

Desde esa calle de ida y vuelta es imposible dejar de hacer un llamado al ejercicio de la humildad a todos lo que, como yo, hemos dejado Venezuela. Somos ciudadanos sin país; porque el que queda no será por mucho tiempo la tierra fértil que habita en la nostalgia colectiva venezolana. Y si estamos sin país, con un pasaporte frágil y la incertidumbre a flote, es importante demostrar que sabemos agradecer las oportunidades, que estamos dispuestos a trabajar honradamente porque de trabajo duro estamos hechos; que venimos con el corazoncito roto pero a hacer el bien.

Como venezolanos, pensamos en emigrar como acción transitoria y no es sino mucho después que entendemos que esa transitoriedad es el meollo de nuestra nueva vivencia estacionaria; que no es más que el constante vaivén de tener el alma en dos lugares: el que dejamos atrás y sólo existe ideológicamente y el que nos recibe, con sus muros intimidantes para alguien que está lejos de casa.

El hogar está en mí y en los espacios que abro de mi personalidad y mi vida a otros. Nunca ha sido un lugar y es imposible que lo sea cuando nuestra transitoriedad nos empuja una, dos y una vez más a sitios -emocionales y físicos- en los que nunca habíamos imaginado estar.

Sin embargo, Ecuador me toma de la mano cuando abono mis sueños, me sonríe cuando hay comida caliente en mi mesa que comparto con otros y me anima cuando la nostalgia de lo que ya no es vuelve a asomar su rostro.

Venezolana. Migrante. Mujer. Unos miran en mi piel estigmas; para mí, estas palabras son medallas de humanidad.

venezolana

Escrito por:
Antonia Palacios

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Escrito por:
Antonia Palacios

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