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Una de nuestras redactoras se embarca en un reto vegano.

Todo comenzó en la reunión de temas. Desde hace tiempo queríamos hacer algún experimento social como hacen en Buzzfeed o en otras revistas, y ese día vine con una idea: hacer un reto vegano y ver qué tan difícil es mantener este tipo de dieta en Guayaquil.

Fui elegida para hacer el reto. O, mejor dicho, me lo chantaron, por ser mi idea.

Lo primero fueron las compras. Preparé mi lista con días de anticipación. Nada de quesos ni yogurts. Nada de huevo. Quinoa y nueces, por la proteína. Fréjoles y lenteja, por el hierro. Frutas para el desayuno y para snacks. Vi mi semana llena de jugos détox y bowls de ensalada salidos de Pinterest.

Fabulosamente saludable. Una superheroína vegana.

Saco mi pan integral de la funda del supermercado, y me viene una duda a la mente. ¿No llevará mantequilla, verdad? Leo los ingredientes. Harina, bien. Agua, bien. Levadura, sal, aceite vegetal… Y al final de la lista, como las letras pequeñas de un contrato legal, dice: “pueden contener trazos de lactosa”. Veo los ingredientes del pan árabe y las tortillas mexicanas. Lo mismo.

“Ok”, me dije, “me toca olvidarme del pan. Sí se puede, sólo es una semana”.

Sólo es una semana.

Desde chiquita he sido adoctrinada para comer de todo. Amo el zapallo y el pimiento rojo con pasión. De vez en cuando me pido una opción vegetariana. Y encima, me gusta cocinar.

“Esto será apio comido”, me digo a mí misma. (Pan no, porque ya aprendí que tiene leche).

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El domingo de noche, me preparé una ensalada de cous cous para el almuerzo de mi primer día como vegana. El lunes de mañana desayuné leche de almendras, avena con canela y un melón. El día pasó volando, como cualquier otro. No se me pusieron todas las luces en verde camino al trabajo, no me pasó nada interesante en la oficina, y el día estuvo gris. Ninguna señal del universo agradeciéndome que tome este camino iluminado.

Esa noche, busco recetas en Pinterest de pan de banano vegano. Así tengo desayuno para varios días, y, más importante, no tengo que pensar en la mañana.

Encuentro una receta normal, que dice que puede convertirse a vegana. Saco mi aceite de coco (en vez de mantequilla), mis semillas de chía (sustituto del huevo), mi avena (más saludable que la harina, dicen) y mi miel (endulzante natural). Me siento una de esas bloggers de comida saludable, y hasta le tomo fotos a los ingredientes.

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Y al bajar en la página web veo todos los sustitutos que ya había prevenido, excepto uno: miel de maple en vez de miel de abeja.

Y yo que pensaba que a las abejitas si las trataban bien.

Lección #1: Que algo sea “saludable”, no significa que sea vegano.

Cuando comencé esto, me prometí a mí misma que todo lo que coma tenía que ser rico, y hasta ahora lo ha sido.

Desayuno mi pan de banano (hecho con azúcar, porque no tenía maple), y leche de almendras con cacao en polvo. De almuerzo, curry de lentejas con arroz basmati, uno de mis platos favoritos. Voy a clases de baile en la noche, y no me siento ni más débil ni más fuerte. Me imagino que en unos días sentiré el efecto.

Luego de las clases, me voy a Boca del Lobo con una amiga. Nos dicen que son mínimo $10 consumibles, y recuerdo haber visto una sección vegetariana la última vez que estuve ahí, así que nos sentamos.

Inspecciono el menú. Zucchinis gratinados con parmesano. Champiñones en salsa de queso azul. Tortillas de maduro rellenas de queso criollo. Camembert con manzanas y nueces.

“Disculpe”, le digo al mesero, “¿tiene algún plato vegano?”

“No”.

“¿Podrían hacer alguno de estos platos sin queso? ¿Los champiñones sin la salsa, por ejemplo?”

“No se puede quitar, porque todo ya está preparado”. Se queda pensando. “Lo único sería la ensalada caprese sin la mozzarella”.

Osea, tomate con albahaca. Mis ojos buscan en el menú. Tengo que gastar los consumibles de alguna forma.

“¿No quieres ir a otro lado?”, me pregunta mi amiga.

“No”, le digo, y como si mi determinación me premiara, me topo con la selección de cervezas artesanales.

¿Caprese sin mozzarella, o cerveza? Recordé mi promesa de comer rico, y la respuesta fue simple: Cerveza. Después de todo, llena más que la ensalada.

Lección #2: Antes de ir a comer a algún lugar, investiga el menú

“Claudia, come”, me dice un amigo. Mis ojos se despegan de la olla humeante de fondue, y me viro a verlo. “Nadie va a saber. Come”.

El olor a queso es tan fuerte, que siento que estoy rompiendo el reto de sólo estar ahí.

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“Estoy bien”, le digo, mientras unto en mi zanahoria el hummus que traje.

“No pasa nada si comes hoy. Después sigues la dieta.”

No es que no se me haya cruzado por la cabeza. Podría comer lo que se me antoje en la semana, y luego escribir párrafos de párrafos sobre cómo me he sentido más fuerte y saludable que nunca. Pero no sería cierto.

Y no sé si es por ética, curiosidad o ego, pero en ese momento, me sentí más determinada que nunca a llegar a la meta.

“En serio, estoy bien”. 

Pasan los minutos y ya es hora del postre. Vienen las frutillas, las rodajas de guineo, los marshmallows, y, por supuesto, el fondue de chocolate. Las miradas de mis amigos se desvían hacia mí, atentos a mi reacción. Por suerte, yo ya estaba preparada, y saqué mi arma secreta: galletas veganas.

Desde que me enteré que el menú era fondue, busqué en todos los rincones del internet alguna alternativa de dulce que podría comer. Después de todo, soy vegana, no un robot.

En Instagram, encontré mi solución. Galletas veganas en Sailor Coffee. Y no cualquier galleta, sino galletas con chispas de chocolate. Y estaban en promoción. Bingo.

Esto se llama combatir fuego con fuego. Chocolate con chocolate (vegano).

(Igual cuenta).

Lección #3: Si no puedes con ellos, úneteles.

Busco “Vegan Taco Bowls” en Pinterest y me sale una lista interminable de ensaladas estilo mexicano. Experimento con ingredientes de varias recetas, y me queda un menjunje de frejoles negros, aguacate, pimiento rojo, tomate y choclo.

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Hasta a mi mami, que odia los vegetales más que una niña de 4 años, le pareció “aceptable”.

Lección #4: Parte de la diversión de ser vegano es experimentar con recetas nuevas.

Fui al Mercadito, donde, cada persona que veía, se paseaba comiendo una pata de pavo asada. Fue la primera vez en la semana que mi cuerpo me pidió carne. (Sí, ya sé que suena a un eufemismo).

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En la noche fui a Isao, donde me pedí un sushi vegetariano/vegano, con pepino, algas, aguacate, zanahoria y ajonjolí. De postre, mis amigas comieron galletas de la Bonbonnière, y yo llegué a mi casa a comerme un melón.

Lección #5: No todos los días hay lecciones.

Una de mis mejores amigas cumplió 25, y, por supuesto, hizo una fiesta. Sus cumpleaños son siempre legendarios, especialmente por la comida. Ceviche de camarón, torta de verde con queso, sánduches de chancho, sushi. Mientras la gente en mi mesa disfrutaba del banquete, yo tomaba sobros de mi gin tonic para distraerme.

Mis amigas se sorprendían de no verme comer, y luego se acordaban. “Ay cierto, que ahora eres vegana”.  

“¿Cómo estás?” me preguntaban, con ojos de lástima. Como si tuviera una enfermedad incurable, o como si mi novio me hubiera dejado. Yo hice una sonrisa fingida, con la que me pasé hasta que se acabó la comida.

Pero no se terminó ahí. Cuando nos tocó cantarle feliz cumpleaños, no había una, sino tres tipos de torta. De mousse de chocolate, de manjar, de vainilla.

Mientras partían las tortas, me acabé otro gin.

Mi cena se había esfumado en mi estómago hace horas. Me fui a la cocina y encontré unos champiñones encurtidos, que se me quedaron en la muela.

El gin me hacía cada vez más efecto. Consideré comer un pedazo de torta. ¿Es justificable, verdad? Después de todo, mi cuerpo necesitaba los carbohidratos para absorber el alcohol y no terminar bailando en una mesa.

“No”, me dije. “Me falta sólo un día. En vez de absorberlo, voy a sudarlo”. (No sé si esto sea científicamente correcto, pero es lo que pensé en el momento).

Y bailé toda la noche.

Cuando ya estaba en mi cama, con los pies adoloridos y una gran sonrisa, me vino una epifanía. Siempre pensé que los veganos eran felices y relajados porque tenían la conciencia tranquila. Y tal vez, sólo tal vez, es porque realmente, están borrachos la mayor parte del tiempo.

¿Será?

Lección #6: Si eres vegano, lo más probable es que seas el alma de la fiesta.

En la noche voy a Sweet and Coffee, y en vez de pedirme mi cappuccino normal con sabor a avellanas, me pido un cappuccino de soya.

Busco entre la comida. ¿Sánduche? No. ¿Humitas? No. ¿Algún dulce? Já.

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“Que el cappuccino sea doble, por favor”.

Lección #7: Gracias a Dios, el café es vegano.

Otras lecciones

Oficialmente terminé mi semana como vegana, y no estuvo mal.

Probé cosas que no hubiera probado antes, experimenté con recetas. Nunca le he dado tanta importancia a los ingredientes de mi comida, y pienso que eso es un buen hábito, ya seas liebre o arpía.

Lo más importante que aprendí es que ser vegana en un mundo carnívoro y lechero significa que tienes que estar preparada, todo el tiempo. Si no lo estás, puedes caer en riesgo de morirte de hambre toda la noche, o que lo único que puedas consumir es alcohol. Que, bueno, también puede ser divertido.

Escrito por: Claudia Sensi Contugi.

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