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Una reflexión sobre la violencia

Hace un mes me metí en un curso. Era algo que había querido hacer hace tiempo, y estaba emocionada. Al entrar al salón, lo primero que veo es la cara de un tipo con el que bailé en una fiesta hace un año. Un tipo que, cuando me quise ir, me agarró el brazo, fuerte, para impedírmelo. Que no desistió, incluso cuando le pedí que me suelte, porque me dolía. Y toda la emoción se esfumó, dejándome sola para revivir la inseguridad que sentí esa noche.

Estas situaciones son bastante comunes. Los tipos que te ven pasar y simplemente no te pueden dejar salir de su vista porque “eres muy guapa”. Los que te alzan la voz porque no actúas como ellos piensan que “se merecen”. Los que quieren que te quedes bailando con ellos cuando tú claramente te quieres ir.

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Lo había visto una vez antes, en la casa de una amiga. Conversamos, se portó buena gente. La siguiente vez lo vi en esa fiesta, donde me sacó a bailar. Cuando me quise ir, me agarró el brazo, repitiéndome “No te vayas, no te vayas”, arrastrando las palabras. Le repetí que me quería ir, y traté de hacerlo, pero su mano seguía apretando. Sentí pánico. Y tal vez fue la adrenalina que me dio más fuerza, pero halé más firme, y me zafé.

Lo curioso es que durante el curso, se pasó hablándome—tal vez porque era la única cara conocida. No había trazos de ese ser posesivo de aquella noche, sólo estaba ese chico que conocí en la casa de mi amiga. Aún así, ese pánico aleteaba en mi estómago, y mi brazo derecho se ponía rígido cada vez que lo tenía cerca.

Una tarde, después del curso, conversé con él. Y no sé qué me dio, pero se lo dije.

No fui tan tajante como lo hubiera querido, ni con las palabras que había recitado en mi mente todo el fin de semana. No utilicé la palabra agresión ni violencia de género. No me sentí una héroe feminista. Le reconté la noche balbuceando, tratando que no se me note la tembladera, y finalicé mi discurso con un:

“Me hiciste sentir mal. Fue horrible”. 

Y me dijo algo que no me esperaba: “No me acuerdo de eso”.

Al ver mi cara de sorpresa, repitió, “Te juro que no me acuerdo. Para mí, la única vez que te había visto era en la casa de Viviana, y ahora. ¿Qué fiesta?”

Le respondí.

“Ah, pero estaba borracho”. Al ver mi mirada dura, me dijo, “Pero igual no está bien. Sorry.”

Y le hablé de ese sentimiento. Ese sentimiento de inseguridad, de miedo, que queda en nosotras y nos marca después de una situación como esa. El resto del curso me pasó pidiendo perdón, que no quiso hacerme sentir mal. ¿Todo bien? Todo bien.

¿Qué más iba a hacer?

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Yo solía ser de las primeras en decir “Ay no, yo le pego una cachetada/le tiro mi trago encima”. Pero ahora que me ha pasado tres veces en mis 25 años, les puedo decir que nunca sabes cómo vas a reaccionar.

La primera vez, di tres pasos atrás y busqué a mi amiga más cercana.

La siguiente, tenía 18, y a lo que iba al baño de una discoteca, un tipo me agarró del brazo y no me dejaba entrar. Traté de zafarme con fuerza, y me tomó unas cuántas veces hasta que pude liberarme y entrar corriendo al baño. Antes de salir, les pedí a unas chicas que estaban ahí que me acompañen. Me miraron con entendimiento, y salieron conmigo, encasillándome en una barrera protectora.

La tercera y última, me quedé congelada, sin entender por qué estaba pasando esto, otra vez.

Algunas mujeres dirán que eso es normal. Que siempre pasa, que es algo a lo que nos tenemos que acostumbrar. Después de todo, el callarnos y aceptar la violencia como parte de nuestras vidas, es algo cultural. Sí, comentamos nuestras experiencias con nuestras amigas, denunciamos estas situaciones en redes y usamos hashtags contra la violencia de género. Pero hay que ir más allá.

Luego de esa conversación, me di cuenta que lo más dañino que podemos hacer, para nosotras y para otras mujeres, es no hablarlo. Por más horrible que sea, si tenemos la oportunidad de hablar con un agresor y decirle cómo nos hizo sentir, hagámoslo. No importa si es cara a cara o por mensajes, si es un desconocido o un amigo, si es tu novio o tu familiar. Puede ser que lo hizo de forma consciente, o puede ser como mi caso, que estaba tan alcoholizado que ni siquiera se acuerda. Puede ser que, ésta actitud esté tan enraizada en su crianza, y que lo vea como algo tan normal, que incluso sin alcohol no se acuerde.

Pero hay que hablarlo, y hacerles caer en cuenta que, aunque ellos no lo recuerden, nosotras sí lo recordamos.

Si eres una víctima de maltrato, denúncialo en:

Unidades Judiciales de Violencia Intrafamiliar

Direcciones Guayaquil:

  • Complejo Judicial del Sector La Valdivia (Av. 25 de Julio y calle Los Esteros)
  • Florida Norte (8 ½ Km. De la vía a Daule

Horarios: 9 a.m. a 5 p.m.
Puedes contactar las siguientes líneas de ayuda:

1700 Mujeres (767 685

También puedes acudir las siguientes casas de acogida:
Guayaquil

Casa Hogar Nazareth

Teléfono: (04) 3904449

Quito

Casa Matilde

Teléfono: (02) 2625316

Cuenca

Casa María Amor

Teléfono: (07) 2832817

Escrito por: Claudia Sensi Contugi.

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