Portad
Amistad y muerte, ¿Cómo se carga esa maleta?

-Loca, me voy a morir.

-¿Tú crees?

-Sí… yo creo que de esta ya no salgo.

-Ya… pero cuando pase no quiero que me vengas a asustar o algo. Ya sabes que soy miedosa.

-Ya bacán. ¿Te puedo apagar las luces?

-No.

-Ok.

Venía de una semana difícil y cansada. Había estado en esa casa noche tras noche, mientras ella se dejaba ir lentamente. Las bromas habían quedado atrás… ya no hablaba ni abría los ojos, solo respiraba con dificultad. Me fui a las 2 de la mañana para intentar descansar un poco. Llegué a casa y apenas cerré los ojos, el teléfono sonó. Se había ido. Tenía 27 años.

Quizá muy pocas tristezas marcan tanto como esa bomba atómica en el alma que significa perder a una amiga. A tu mejor amiga. Es un dolor único, desgarrador e inconsolable, porque la lógica se niega a colocar “juventud” y “muerte” en una misma frase. Siempre será muy pronto para que alguien que amamos se vaya para siempre.

Muchas pequeñas partes de la vida se tratan de los amigos y de lo que vivimos con ellos. Hay cosas que ya no tendremos: no estaré en su graduación, no bailaré en su matrimonio, no abrazaré a sus hijos y nunca más volveremos a festejar algo, felices, riendo con unos tragos de más. Pero tuve. Tuvimos el estruendo de nuestros mejores años juntas y la oportunidad de abrazarnos y sostenernos hasta el final.

Fuimos abrigo, competencia, consuelo, Spice Girls, niñas nerds. Vimos muchos amaneceres. En su casa, con los ojos cocidos de toda una noche de ejercicios de cálculo y trigonometría; en la playa, con nuestras amigas, tumbadas en un balcón, con el cuerpo cansado de tanta fiesta; desde su habitación de hospital, a través de esa ventana gigante que nos mostraba las luces de la ciudad desde lo alto. A veces se conformaba con mirar, a veces quería hablar, a veces estaba muy cansada como para hacerlo, a veces solo quería dormir, a veces no me reconocía, a veces se dormía apretando mi mano. Nuestra amistad era eso: juntas, en la gloria y en el pantano.

Llegué a su casa ese martes de mañana y la hallé acostada en su cama, con el vestido que había pedido. Yo tenía uno igual, fuimos damas del mismo matrimonio. La arreglé un poco. Estaba lista para su viaje, pero algo me inquietaba. No pudimos darnos un último abrazo, pero en medio de toda la confusión de esos últimos días, ella encontró la manera de decirme adiós: debajo de su almohada encontré un papelito escrito a mano, insignificante, donde le decía alguna tontería, entre esas, que la adoraba. Ella mantuvo esa nota con ella hasta el final.

Me cambió. Su existencia partió a la mía en un antes y después de ella.

Me gusta imaginar que en lugar de morir,  su alma estalló en mil partículas maravillosas, que trascendieron todo tiempo y espacio para repartirse entre muchas personas que han tocado mi vida desde su despedida. Quiero creer que está en la sabiduría, en el sentido crítico, en la exigencia, en el carácter fuerte, en la bondad y el amor de muchas de mis amigas.

No recuerdo cómo dimos con esta canción, pero siempre nos cantábamos “Tú por mí”, de Cristina y Los Subterráneos. Hay una parte que dice “pienso en ti, donde estés/ y si vuelves otra vez, nos reiremos de este mal sueño/con una taza de café”. Quiero creer que, de alguna forma, no me ha dejado del todo y que está ahí, esperándome en algún rincón de mi memoria, desde donde siempre me sonríe y es eterna.

Escrito por: Diana Romero.

Dejar un comentario