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Luz verde, luz amarilla, luz roja a regañadientes.

Luz verde, luz amarilla, luz roja a regañadientes. Hay que esperar unos cuantos segundos y nadie parece estar muy contento con la tarea. Y cuando los otros se detienen, aún sin la autorización oficial de la luz verde, los aceleradores ya están haciendo su trabajo. ¿Cuál es la prisa? ¿Por qué se ha vuelto normal estar siempre apurados? ¿Dónde está la justificación de querer todo tan rápido?

A veces, sin desearlo realmente, nos convertimos en máquinas que se dedican a acumular validaciones y no experiencias. Validaciones como un título, un bien o una empresa sin disfrutar verdaderamente de lo que estamos haciendo. Que existir no se vuelva una competencia sino un placer compartido. Que no se frustren sueños o anhelos por esperar solo resultados.

¿Cuál es el apuro injustificado? Todos vamos hacia el mismo sitio: hacia la muerte, y aunque suene cruel hay que decirlo. Usemos el tiempo como realmente nos apetezca, no como le apetece a un tercero. El tiempo es nuestro, subjetivo y cada quien sabe cómo llevarlo. Tampoco usemos su falsa ausencia como pretexto para no vivir. No le echemos la culpa al tiempo de no ir a tal sitio o de no compartir con aquella persona. No es el tiempo, somos nosotros quienes decidimos qué hacer. Aunque cueste aceptarlo, no existe falta de tiempo sino falta de interés.

Quitemos el pie del acelerador y disfrutemos de la cotidianeidad. Aprovechemos el tráfico de la hora pico para poner el playlist favorito de Spotify. Usemos nuestras metas no solo como un medio de superación profesional sino también personal. Aprendamos que no existe tal necesidad de estar apurados siempre y que el tiempo en realidad va a nuestro ritmo.

No al revés.

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Escrito por:
Paula Lanata Cedeño.
Politóloga en proceso. Creativa, pastelera y planner.

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Escrito por:
Paula Lanata Cedeño.
Politóloga en proceso. Creativa, pastelera y planner.

1 Comentario

  1. Bien el enfoque. Lo que dices sucede en la vida cotidiana especialmente en las grandes urbes, quizás faltó tener en cuenta que la vida en los sectores alejados de las grandes ciudades en los pueblos pequeños es más relajada, y se disfruta mejor cuando has vivido en uña gran ciudad. Por ejemplo yo disfruto la vida en Cuenca, y mucho más cuando salgo de paseo a sus campos.

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