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Las pérdidas duelen, pero también nos hacen crecer.

“Nada se pierde, todo se transforma”.

En circunstancias normales, esta frase te hace sentido. Asientes con la cabeza y dices sí, es verdad. Así es la vida.

Pero cuando pierdes a un ser querido, su sentido muta. Porque no sientes que lo que has perdido es nada. El vacío que esa persona ha dejado en tu vida es dolorosamente obvio.

¿Cómo asientes con seguridad después de un terremoto emocional como lo es la muerte?

Todas esas frases pierden sentido. Las palabras no tienen el encanto de antes. Y en el mar de los “todo va a estar bien”, “tienes un angelito en el cielo”, y “el tiempo cura todo”, es casi imposible encontrar consuelo.

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Hace poco una amiga perdió a su mamá.

Durante el funeral, ella se acercó al ataúd a verla, y lloró. Sus sollozos se escuchaban entre los versos de la canción de misa. Todos los que estábamos sentados sentimos la impotencia de no poder hacer que ese dolor, ese llanto, se vaya. De repente, una voz se alzó, cantando alto. Otra voz la siguió, más fuerte. Y otra más. Y otra más. En cuestión de segundos, todo el salón cantaba a coro con todas sus fuerzas.

No teníamos palabras, pero esa fue la forma que encontramos de mostrarle nuestro apoyo en ese momento. Le cantamos, diciéndole: aquí estamos. Diciéndole: queremos acompañarte, darte fuerzas. Diciéndole: llora, está bien.

Tenemos una obsesión con “estar bien”. Nuestro primer instinto cuando vemos a alguien triste es tratar de alegrarlo, como si las lágrimas fueran una enfermedad contagiosa. Pero si la evadimos, nunca se va realmente. Si aceptamos esa tristeza, si nos dejamos sentirla, significa que vamos a tener que lidiar con el dolor. Significa que vamos a tener que aprender a vivir con él.

Alejarte del dolor no te protege de él.

Mientras más lo evades, más fuerte te va a pegar. Se escabulle, en tu rutina diaria, mientras te lavas los dientes o sacas a pasear al perro. En los días que sientes un poco de normalidad, en los momentos donde sientes que vuelves a ser la misma persona de antes. Ahí, el dolor ve su oportunidad y te da con todo.

Ser humano no es estar siempre feliz. Nuestras emociones están ahí para servirnos. Para que podamos expresar nuestra alegría, nuestro miedo, nuestro dolor. Para sacarlo al mundo, para compartirlo con nuestro alrededor.

La realidad es que vamos a tener momentos tristes. Vamos a llorar. Habrá días que no nos queramos levantar de la cama, porque la idea de vivir en un mundo sin ese ser querido es abrumador.

Y está bien.

Porque las cosas no van a ser como antes. Así como un brazo no queda igual después de una rotura, no vas a quedar igual. Seguirás siendo tú, pero un poco más lento, un poco más chueco. Un poco más roto.

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¿Y si vemos el dolor con otros ojos? ¿Y si aceptamos la pena, no como algo indeseable, sino como algo que es parte de nosotros, y como un factor de cambio?

Dejarte sentir el dolor significa también dejarte sentir el amor de esa persona.

El dolor significa que estás vivo. Significa que amaste, y te dejaste amar.

El dolor enseña. Aprendemos sobre nosotros mismos, sobre los que están a nuestro alrededor. Aprendemos a adaptarnos, porque la vida continúa, de forma diferente.

Crecemos. Cambiamos. Y aprendemos a amar otra vez.

Escrito por: Claudia Sensi Contugi

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