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Aprendimos de forma equivocada que la felicidad era algo momentáneo, usualmente lejano y con un alto costo por pagar para poder obtenerse.

Aprendimos de forma equivocada que la felicidad era algo momentáneo, usualmente lejano y con un alto costo por pagar para poder obtenerse. Es curioso cómo nos asustamos cuando las cosas van bien o cuando nos nace de forma espontánea el hábito de agradecer. Surgen las dudas y el pesimismo tiende a apoderarse de nosotros. ¿Por qué me siento así? ¿Cuánto me va a durar? ¿Me pasará algo malo después? 

Como primera lección, resulta inminente aprender a separar la alegría de felicidad –por supuesto, hablaremos del tema sin que parezca cátedra de psicología–. La alegría es un estado pasajero, es un momento puntual de gozo o bienestar. Sin embargo, la felicidad es un estado permanente en el cual el sentimiento de dicha o prosperidad nos invade. La felicidad no se pierde por un día malo y en nosotros está la opción de elegir ser felices pese a las adversidades. 

Empecemos a vivir sin creer que nos llegará una factura por ser feliz. Dejemos de sentir miedo cuando las cosas vayan bien, en el fondo atraemos lo que realmente deseamos y tenemos lo que con el tiempo hemos construido. Las buenas acciones y los buenos hábitos son imanes de la felicidad.

Toma, los trenes que te lleven a los destinos que deseas. 
Ríe, sin preocuparte por hacerlo muy alto.
Ama, en la intensidad y en el tiempo que desees.
Actúa, de acuerdo a tus convicciones.
Disfruta, pues no hay factura por ser feliz.

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Escrito por:
Paula Lanata Cedeño.
Politóloga en proceso. Creativa, pastelera y planner.

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Escrito por:
Paula Lanata Cedeño.
Politóloga en proceso. Creativa, pastelera y planner.

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