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¿Es el éxito realmente una meta?

“El éxito no es un valor”. Cuando escuché esta frase sentí que caía al piso.

Hija de overachievers, estudiosos, perfeccionistas… crecí aspirando al “éxito” intelectual y profesional: a la excelencia, a conseguir.  A proponerme metas y cumplirlas, a no descansar, a no “ser mediocre”.  A ser la mejor.

Por eso la declaración —de boca de una amiga de mi mamá— me pareció transgresora, anarquista, interesante.

Si el éxito no es un valor, ni una meta, ¿cuál debería ser nuestra aspiración?

Años después, vi la película “28 Días”, con Sandra Bullock, donde ella hace el papel de una alcohólica en recuperación. En una escena, insiste en lanzar una bola de béisbol contra un blanco, pero no consigue pegarle. Uno de sus compañeros le dice: “El problema es que estás tan enfocada en el blanco, que no estás haciendo bien el movimiento del brazo. Que la pelota pegue en el blanco está fuera de tu control, depende en parte de ti y en parte de otros factores como el viento; lo que sí depende de ti es hacer correctamente el giro del brazo.”

Segundo momento revelador: Lo importante no es el blanco.

Han pasado más de 10 años de ambos momentos de reflexión. Hoy, entiendo el éxito como algo circunstancial, pero no una meta.

Tengo hijos y no quise educarlos para ser exitosos. Porque el éxito depende de la valoración que la sociedad hace de uno, de la aceptación y el reconocimiento del otro, y eso lo hace peligroso.

Descubrí también que  el éxito es —con frecuencia— enemigo de los sueños. Porque subyuga los nuestros, a las aspiraciones y expectativas de los demás. Nuestros sueños usualmente son más simples y perseguirlos a veces implica tener el valor de renunciar al “éxito”.

Con esto, no digo que el éxito sea malo o indeseable: sigo celebrándolo cuando ocurre,  y cuando no, sigo campante. Porque creo que la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce.

Somos una sociedad que empuja al éxito y a la eficiencia a cambio de perder el sentido de pertenencia, la compasión y la “humanidad”. A nuestros hijos les exigimos sobresalir, ganar, triunfar. No les enseñamos (lo suficiente) a perder, a caer con gracia, a encontrar la bendición que trae el fracaso.

No les enseñamos a equivocarse, no los entrenamos en la resiliencia. Cuando lo cierto es que, durante sus vidas, va a haber de esto también (y mucho).  Como padres, profesores, ciudadanos… prepararnos y prepararlos para el fracaso es vital. No enseñarles a errar los paraliza, los condiciona a solo intentar aquellas cosas en las que pueden triunfar. Les corta las alas y les limita la curiosidad.

Los problemas graves de la humanidad, la violencia, la intolerancia, la pobreza;  probablemente no mejorarán si la siguiente generación es más “exitosa” pero tal vez sí, con una más compasiva y con una visión menos egocéntrica de los que fuimos educados para el éxito.

Los convencemos de que el esfuerzo es siempre garantía de resultados positivos y así los lanzamos al mundo.  Cuando en realidad, el éxito no siempre esta correlacionado con el esfuerzo.

Atrevámonos a equivocarnos, perdamos el miedo a esa palabra. Hacer el ridículo no es tan grave. Trabajemos duro,  con pasión y con disciplina. Concentremos nuestros esfuerzos en dominar el proceso, sin manipularlo, sin atajos y que disfrutemos el camino.

La vida siempre nos da el feedback que necesitamos, por eso quien se equivoca está un paso más cerca de la meta, que el que no lo intenta.  Como alguna vez leí: “ser importante es del ego y ser feliz es del alma”.

Por: Caridad Wright.

2 Comentarios

  1. Maria del Carmen Sanchez

    Hola,les agradecere enviar mensaje relacionado a las parejas que han vivido junto desde la etapa de enamorado matrimonio y han caido en un estado rutinario y que solo la posicion masculina prevalece en la decisiones de pareja. Gracias por su atencio

  2. Muy buenooo!!!

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