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¿Cuándo admiramos genuinamente y cuándo es envidia?

¿Has sentido alguna vez ese pequeño cosquilleo en el que, en lugar de sentirte feliz por otro, deseas lo que otra persona tiene? Puede ser un bien material, una relación, un cargo dentro de una empresa, una característica física o una cualidad de su personalidad. Si has experimentado ese incontrolable deseo, sabes lo que es sentir envidia.

La envidia, ese pecado capital, es definida por Dante Alighieri en la Divina Comedia como “amor por los propios bienes pervertido al deseo de privar a otros de los suyos”. Es que en la envidia, se busca poseer, pero que el otro no posea. Y no significa que seamos pecadores por haber llegado a sentir envidia alguna vez, lo que nos define es qué hacemos con ese sentimiento. ¿Lo racionalizamos, hasta llegar a su origen y aniquilarlo luego de tener una exploración de nosotros mismos? ¿O dejamos que se siembre dentro de nosotros y nos mueva a hacer cosas que normalmente no haríamos?

La envidia es un monstruo con un rostro hermoso.

Muchas veces hemos escuchado (o incluso dicho) “te odio”, bromeando ante una buena noticia recibida por otra persona o ante un talento extraordinario. Otras veces, la respuesta es “siento envidia sana”. Cómo nos gusta engañarnos. Ninguna envidia puede ser sana, así como ninguna enfermedad puede serlo. Sincerémonos: hablemos de la envidia como lo que es. Y tal vez, a partir de eso podremos sacarla de nuestras vidas.

El problema con la envidia es que nos tapa los ojos. Nos impide apreciar la verdadera belleza a nuestro alrededor. No nos deja ver las fortalezas en otros, como algo que aprender y crecer en conjunto, sino como algo que se desea, a como dé lugar.

La envidia causa frustración: no siempre podremos tener lo que otro tiene. Daña relaciones, crea tensiones en las amistades, nos lleva a abismos en los que jamás creímos caer. La envidia es un monstruo que se disfraza de perseverancia, que se confunde con la admiración.

Porque la admiración es distinta, se trata de reconocer en otros algo que nos gustaría tener, pero trabajando para obtenerlo. Se trata de usar a alguien como modelo, como guía para mejorar.

La clave está en la honestidad con uno mismo. ¿Admiramos genuinamente? ¿O envidiamos lo que el otro tiene?

Hacernos preguntas, encontrar la raíz de nuestros sentimientos y analizar lo que somos, lo que valemos y qué es lo queremos por nosotros y no por los demás; nos ayudará a matar a ese monstruo que vive debajo de la cama. Aunque creamos que no es lo que parece.

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