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El chisme es una epidemia, y nosotros, la cura.

Ya sea en el almuerzo familiar del domingo, en el cafecito con las amigas, o la reunión de compañeras, siempre hay un invitado que se aparece, sigiloso, pero de forma inevitable: el chisme.

El chisme es la navaja suiza de los eventos sociales. Es un recurso efectivo para romper el hielo. La solución más práctica cuando se te acaban los temas de conversación. El mentol chino para aliviar el aburrimiento. Y, por supuesto, la forma más rápida de volverte el centro de atención en una conversación grupal.

Después de todo, ¿Quién se resiste a un buen escándalo?

Lo hemos escuchado todo. El de la adolescente embarazada, el del chico metido en drogas, la santita que se hizo zorra. El papá que salió del closet, la cachuda que “no cuidó a marido”. El bonche, la jalada de pelos, el papelón de borrachera y el besuqueo en público.

Y, aun así, siempre queremos más.

Tal vez es porque el chisme nos da una especie de poder. Con él, nos volvemos guardianes de la moral. Decidimos qué es bueno y malo, qué es decente y despreciable, quién es una persona valiosa y quién merece ser quemado en la hoguera. Es nuestra propia marca de justicia social.

Ante un nuevo escándalo, reaccionamos con un “qué pena”, un “qué irresponsable”, o un clásico “bien hecho, por puta”, para posicionamos en un escalón más arriba que el protagonista. Y si alguien nos reclama, nos defendemos con un “Ay, si no quiere que hablen, para qué lo hace”.

¿Y si fuera un ser querido el blanco de todos esos dardos verbales? ¿Te les unirías tan fácilmente?

Ahí la cosa cambia. Ahí salen los reproches de “no hables sin saber”, los lamentos de que “la gente no tiene nada más que hacer”, y las justificaciones de que “le podría pasar a cualquiera”. Porque a ellos los conocemos. Los vemos como personas, con sus luchas internas y sus defectos.

Cuando hablas de alguien sin conocer su historia, no lo estás tratando como persona. Si solo sabes (y repites) lo que te dijo la amiga de la cuñada de la prima de la vecina, y no te molestas en conocer a fondo lo que esa persona está viviendo, estás tratándolo como un objeto para tu uso personal. Para divertirte, para traerte atención, para hacerte sentir superior.

el chisme hiere
el chisme veneno

Hay una frase, a veces atribuida a Ortega y Gasset, que habla de estos guardianes de la moral. Compara las críticas con una espada, con la que decapita al otro para hacer evidente que son diferentes a ellos. Pero lo que más enferma a estos guardianes es que, a pesar de que decapiten, maten y censuren, el otro sigue vivo.

Cada vez que tratas la vida de otros como un objeto para ser desmenuzado y juzgado, estás matando a esa persona. Acuchillas su reputación, estrangulas su imagen. Desmiembras el concepto que otras personas podrían tener de ellas. Y ahogas su libertad de vivir su vida por sus reglas en vez de las tuyas.

Porque, en el fondo, eso es lo que te molesta, ¿no? El hecho de que estas personas se atrevan a vivir de una forma diferente a la tuya. Que tomen decisiones alejadas de tus paradigmas. Que no se dejen regir por lo que dicen los demás, como tú lo haces. En el fondo, envidias su libertad.

Porque el chisme no es sobre los demás. Es sobre ti y tus inseguridades. Las cosas en las que te fijas, las cosas a las que le das importancia, son un reflejo de tu vida interior. De lo que valoras y temes en tu vida.

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La madre que chismea de la chica 16 años que salió embarazada, tienen terror que le pase eso a su hija. La que critica a la mujer que se pone falda cortita, es para afirmar, a ella misma y a los de su alrededor que es una “chica decente”. El que le dice a otro “meco” es porque quiere ocultar su inseguridad acerca de su hombría.

Usamos el chisme para reafirmar la idea que tenemos de nosotros mismos. Que somos decentes, que somos fuertes. Que somos mejores. Y, en el proceso, hacemos daño.

El chisme es una epidemia, y nosotros, la cura. Esto es, si decidimos serlo.

Escrito por: Claudia Sensi Contugi

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