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Cada vez cuesta creer más en un dios que impone tantas limitaciones en una vida increíblemente efímera.

Cada vez cuesta creer más en un dios que impone tantas limitaciones en una vida increíblemente efímera. Sin sonar a movimiento hippie o a un nuevo intento de religión, mi dios ya no encaja con las religiones que me enseñaron en la escuela. Que por cierto, siempre había una religión por default buena y el resto, todas malas, en las que ninguno de sus fieles llegaría al cielo de la mía. Resulta chocante cada vez que las religiones intentan actualizarse, o se lanzan un baño de sencillez cuando todos sabemos qué hay detrás. 

Cada persona es libre de creer en lo que desee creer. Solo pensemos en lo increíble que sería celebrar a un dios que no discrimine, no genere odios y tampoco nos divida más. Si no estamos de acuerdo con algo, si queremos salir a marchar para hacer escuchar nuestra voz, que sea bajo nuestro nombre. Seamos responsables de nuestros actos, declaraciones y acciones sin poner de justificación a un dios que al final cada quien interpreta como prefiere. 

Sin importar la religión, es momento de celebrar a un dios que no es homofóbico, que no mira el bolsillo de su gente, que no sigue repitiendo ideas arcaicas. Yo creo en un dios que perdona, que concilia, que no divide, que aplaude el desarrollo y que sabe que todavía falta mucho por hacer. Un dios que se fija en las acciones diarias de las personas y no en cuántas veces es capaz de ir a confesarse. Celebremos a ese dios coherente, respetuoso y tolerante. Ese dios que en realidad nace todos los días. 

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Escrito por:
Paula Lanata Cedeño.
Politóloga en proceso. Creativa, pastelera y planner.

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Escrito por:
Paula Lanata Cedeño.
Politóloga en proceso. Creativa, pastelera y planner.

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