blanco y negro
A veces, en las discusiones, actuamos como si no existieran más colores. 

¿Alguna vez te has encontrado a ti mismo en medio de un argumento, rojo de ira, a punto de gritarle al otro porque no es posible que no vea que está equivocado? Si es un argumento de alguna ciencia exacta, tal vez tengas medio derecho de reaccionar así, pero la mayoría de discusiones tienen que ver con opiniones que tienen dos, tres, y hasta diez lados distintos.

Y aún así, nos encasillamos en que solo existen dos alternativas: la correcta (la nuestra) o la equivocada.

Una de las técnicas que más usamos a la hora de argumentar es la polarización. Aquí juegan las reglas del todo o nada: una parte está 100% en lo correcto, y la otra está 100% equivocada. No existen áreas grises ni puntos medios, aunque en el fondo sabemos que no hay tal cosa como un 100%  en esta vida.

La polarización está en todas partes: en los políticos que tachan a sus opositores como el diablo mismo; en los medios que endiosan y condenan a las figuras públicas; en los libros que leíamos de chiquitos cuando había un personaje “bueno” y uno “malo”.

Dividir las cosas en blanco y negro es útil cuando recién estás aprendiendo sobre el mundo. Pero cuando creces, te das cuenta que no hay tal cosa como alguien completamente bueno o malo. Los buenos tienen sus defectos, los malos tienen sus razones para actuar como lo hacen. Es más, los “malos” ni siquiera se perciben de esa forma.

Entonces, ¿por qué, cuando argumentamos, tiramos esa noción por la borda?

Tal vez es la influencia del medio que nos rodea. Nos afecta tanto que, cuando nos encontramos en una discusión con alguien, nuestro instinto es polarizar, transformando al argumento en lucha, y a nuestro oponente, en el enemigo. Bajo esa mentalidad, nuestra postura es la que tiene el derecho a triunfar por el bien común, y nos encegamos a las razones del otro.

De ahí viene el “si eres de tal ideología, entonces ni hablemos”. O el “si eres parte de este grupo social, ni siquiera me molesto en escucharte”. Incluso llevándolo a cosas más cotidianas, como el “si eres amiga de esa persona, entonces ya sé cómo piensas”, y, por qué no, el famoso “o estás conmigo o estas en contra de mí”.

Solo nos falta canturrear “no te escucho, soy de palo, tengo orejas de pescado”, como los niños de 6 años que parecemos.

Estamos tan obsesionados por estar en lo correcto, por reafirmar que nuestros ideales y forma de vida están “bien”, que, no solo apartamos cualquier opinión diferente, sino que la callamos, la demonizamos.

Tampoco es cuestión de dejar nuestros ideales a un lado, sino de darle cabida al otro para que exprese su punto de vista, y realmente escuchar. De entrenar nuestra empatía y tratar de entendernos los unos a los otros, incluso si no estamos de acuerdo.

Escrito por: Claudia Sensi Contugi

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