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Dos ideas para que decidas si sacas o guardas ese outfit sexy este Halloween.

A favor:

Halloween nos encanta porque nos permite vestirnos para personificar a alguien que no podemos ser en el día a día. Ponernos en los zapatos de nuestro alter ego, colocarnos una máscara con la que jugar a ser alguien más por una noche. Halloween nos da la oportunidad de mostrarnos –en actitudes o comportamientos– que normalmente nos harían sentir incómodos. Nos da seguridad, confianza, satisfacción.

Nos vestimos para encarnar aquello que nos asusta, nos atrae, nos interesa o nos provoca admiración, para mostrar un lado nuestro que a veces permanece escondido o que queremos resaltar, para exponer ante el mundo nuestro amor por la cultura pop o algún personaje del pasado, para reírnos. Pero lo más importante:

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Entonces, ¿por qué no podemos jugar a ser sexys por una noche? ¿Por qué no podemos vestirnos de la versión sensual de cualquier cosa que pase por nuestra cabeza (o la de algún fabricante de disfraces)? Una policía con un crop top y altos tacones, Gatúbela con su apretado traje de látex, una enfermera provocativa, o digamos, una rebanada sexy de pizza (sí, eso existe).

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Es muy fácil –y común– criticar a la mujer que aprovecha esta celebración para subir un poco su falda y mostrar su piernas o su abdomen, para sacar su lado wild. Se habla de hipersexualización, de “locas desatadas”, de mojigatas, de “putería”.

Pero si se me antoja mostrar mi escote en Halloween, ¿por qué no puedo? ¿Quién le ha dado a los demás el derecho a criticarme? ¿En qué afecta mi elección a los otros? Nadie puede decidir por mí, ni decirme qué puedo usar y qué no.

Ser “sexy” –o jugar a ser sexy por un día– no significa que no me respeto. Significa que soy libre y uso lo que quiero, porque yo lo he decidido, porque es mi manera de divertirme. 

Tal vez, lo que hace falta es que existan más versiones sexys de disfraces para hombres… así nos divertiríamos el doble.

Escrito por: Thalíe Ponce.

 

 

En Contra:

Pocas cosas me molestan más que ver a una chica en Halloween con un vestido negro pegado y orejas de Minnie.

Te dan un día al año para ser quien te dé la gana. Quien te dé la gana. Puedes ser un personaje de cómic, una cantante famosa, una astronauta, una bruja. Un taco, si lo que quieres es mostrarle al mundo tu pasión por la comida mexicana.

Y, ¿qué decides? Ser tú misma, la de siempre, con un “toque” diferente.

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Tal vez es algo más que eso. Halloween, en un sentido, es llevar nuestras aspiraciones a la vista. Presentar una imagen de quién quisiéramos ser, de quién admiramos o de sacar al aire nuestros gustos y nuestra personalidad. Al decidir sólo ponernos unas orejas, estamos esquivando este aspecto. Decidimos no comprometemos con una imagen, no mostrar parte de nuestro mundo interno. Y terminamos escondiéndonos más que si nos disfrazáramos de pies a cabeza.

Esto también pasa incluso cuando nos decidimos por un disfraz, pero no lo hacemos porque el personaje representa algo para nosotros, sino porque es un disfraz ‘bonito’ o ‘sexy’. El atuendo no se vuelve un tributo, ni una expresión de tu yo interior, sino algo meramente estético.

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Quieres ser policía, pero en vez de los pantalones de trabajo, usas mini falda. Enfermera, pero en vez de los zapatos cómodos que les permiten estar paradas todo el día atendiendo pacientes, usamos tacos.

¿Por qué si nos disfrazamos de algo, no nos podemos comprometer completamente a ese personaje, con sus defectos y fealdades?

¿Cuál es la necesidad de ‘mejorarlo’?

Es porque siempre hay algo que va por encima del disfraz en sí: el vernos bien. Como mujeres, nos enfrentamos constantemente con la presión social de vernos bien. Ya sea en el trabajo, en el gimnasio o el supermercado, no existe ocasión en la que no debamos estar ‘presentables’. Esta manía de ‘arreglar’ las cosas para que se vean bien proviene del miedo a mostrar nuestras vulnerabilidades y nuestras ‘fealdades’.

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Ahora, si llevamos esta presión con nosotras todo el año, ¿por qué no hacer de Halloween la excepción? Que sea la fecha para desechar esa carga y ser libres de vernos como nos dé la gana.

Hay tantas cosas que podemos sacar al aire: nuestra imaginación, sentido del humor, o pasión por algún libro o serie. Pongamos eso en prioridad cuando busquemos quién ser en el día de las brujas.

Los disfraces verdaderamente atrevidos son los que se salen de la norma: que buscan inspirar asco, miedo, risa.

Los que se ‘arriesgan’ a no ser bonitos. Seamos atrevidas, irreverentes, creativas. En este Halloween, perdamos el miedo, no a los fantasmas, sino a mostrarnos como somos.

Escrito por: Claudia Sensi Contugi.

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