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A la primera línea de expresión nuestro espejo se ve obligado a soportar un grito exagerado.

A la primera línea de expresión nuestro espejo se ve obligado a soportar un grito exagerado. Cuando sentimos que el té negro o la dieta rarísima ya no tienen el mismo efecto milagroso de antes es porque los años van pasando. Llega un momento natural y absolutamente normal en el cual tus shorts favoritos ya no generan la misma atracción del público. ¿Debe entenderse la falta de atención respecto a tu físico como un sinónimo de apocalipsis social? Obviamente que no, o al menos no debería. Lo que sucede es que desde pequeñas aprendimos a sobrevalorar la juventud. ¡Y cuánto daño nos hace esa idea! 

La juventud es momentánea y aferrarnos a ella no tiene ningún sentido. Por ende, tenemos el desafío de trabajar en otros aspectos de nuestra esencia como personas. Dejemos que los años pasen mientras nuestra vida va ganando experiencias y nos acercamos paulatinamente a un estado de sabiduría. Que te dé igual si no te voltean a ver, tú sabes a la perfección lo atractiva que eres. 

Entandamos la juventud como algo extra y no como requisito fundamental para una existencia digna. Olvidémonos de usar el adjetivo ‘vieja’ para denigrar o calificar mal a la otra. Basta del drama por los párpados caídos o las arrugas. La mujer más atractiva es aquella que sabe lo que quiere y tiene un propósito cada mañana al despertar. Que te dé igual si no te voltean a ver como antes, busquemos una admiración real por lo que somos y no por cómo nos vemos. 

Riámonos de todas las veces en las cuales nos llenábamos de inseguridades cuando veíamos a alguien más joven o más guapa. Cambiemos el chip y enfoquémonos en ser más atractivas desde nuestro interior, esa atracción es casi orgásmica.

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Escrito por:
Paula Lanata Cedeño.
Politóloga en proceso. Creativa, pastelera y planner.

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Escrito por:
Paula Lanata Cedeño.
Politóloga en proceso. Creativa, pastelera y planner.

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