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¿Desde cuándo creemos que el unsolicited advice es algo correcto?

En sexto curso del colegio, me estaba comiendo un pudín dentro de la clase, con la cara de felicidad que solo el chocolate me transmite, cuando se me acercó una compañera y me dijo: “no comas eso, te va a salir celulitis”. Le sonreí con una mueca de pendeja, y pensé en la respuesta pero no la exterioricé. 10 años después, sigo pensando lo mismo, pero esta vez sí lo diría en voz alta: “No me importa”.

De adulta, me ha tocado ver la escena repetirse una y otra vez. La compañera de trabajo que mira a los demás como si estuvieran a punto de meterse a la boca una cucharada de mocos y les dice: “no deberían comer pizza, eso es pura grasa”. La mamá de mi amiga sonriéndole cínicamente mientras escupe un: “a ti no te sirvo arroz, porque estás muy gorda”. Lo he visto en todas partes, con conocidos, con desconocidos, me lo han dicho a mí, a mi hermana, a mi esposo.

Y también está la otra cara de la moneda: “Come más, tú lo necesitas”. “Estás muy flaquita”. “Deberías hacer ejercicio para sacar músculos”.

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Como si por el hecho de estar más delgados (o más llenitos) que otros, por privarse de ciertos placeres de la vida, por entrenar en el gimnasio a diario, fueran iluminados, una especie privilegiada con una visión especial de las cosas.

¿Quién le dijo a estas personas que el unsolicited advice era cool?

Cientos de veces he escuchado a mujeres decir que otras “tienen personalidad”, por ponerse una falda chiquita a pesar de tener las piernas chuecas. Por ponerse blusas sin mangas, a pesar de tener los brazos gordos. Por ponerse leggings a pesar de tener el poto flácido. Por usar colores llamativos a pesar de tener la piel oscura. Debo admitirlo: alguna vez, también yo he pecado con algún comentario similar.

Pero vestirse como a uno le da la gana, ponerse bikini en la playa sin tener 90-60-90, comer lo que uno quiere cuando le place, no tiene nada que ver con “tener personalidad”, tiene que ver con vivir, con ser y dejar ser.

Esto debe parar. Debemos dejar de juzgar y de ser juzgados. La próxima vez que alguien me diga qué cree que debo ponerme o dejar de ponerme, qué opina que debo comer o dejar de comer, no me callaré mi respuesta: No me importa. A nadie deberían importarle las decisiones ajenas, mientras no hagan daño a los demás. Si debemos dejar de alimentar algo, son las inseguridades ajenas, los prejuicios, el body shaming, los consejos no solicitados, la falsa idea de que debemos vernos estéticamente agradables para los demás. A los únicos que debemos agradar es a nosotros mismos.

Escrito por: Thalíe Ponce.

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