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¿Cómo sería un mundo sin viveza criolla?

Estás manejando, tratando de llegar al trabajo. Aceleras más de lo normal porque, como siempre, saliste tarde de tu casa, y tienes que compensar para llegar a tiempo. Llegas a una virada. La fila está larguísima. Miras el reloj del carro, 8:47. Tienes trece minutos, y por lo menos diez van a ser en esa fila. Ya puedes ver a la de recursos humanos recibiéndote con su sonrisa presumida y un ‘tarde otra vez?’.

Esperas. El reloj refleja las 8:49, su guiño de luz burlándose de ti. De repente se ilumina tu mente, y con ella, un camino.

El carril del medio, el que es para seguir recto, está vacío. No vienen carros detrás. Claramente, es una señal del universo. Un atajo divino para salvarte de llegar tarde una vez más. Esperas unos segundos. Sigue sin venir nadie.

En la fila nadie se mueve. Todos siguen esperando. ¿Será que no lo ven? ¿No es posible que seas el único ser humano ve este camino iluminado, verdad?

Tomas el carril y aceleras hasta la virada. Puedes ver las caras de indignación de los carros que siguen esperando. El hombre de corbata yendo a la oficina. El bus de universitarios tratando del llegar a la clase de las 9. La doctora en camino a la clínica. Entre todas estas personas ¿realmente fuiste el único, el Elegido, para tomar este atajo? 

Estás llegando, la virada está cerca, tan cerca, hasta que estás al pie del semáforo y…. se pone en roja.

De repente, hay carros donde antes no había, carros que se comienzan a mover alrededor tuyo. Las filas se congestionan mientras tú sigues parado, con tu direccional puesto.

El chirrido de frenos detrás tuyo, acompañado de un pito. El carro maniobra hacia el carril de tu derecha, revelándote al conductor, una señora con tres niños vestidos de colegio.

‘Imbécil!’ te reclama.

A ver. No tiene porqué ponerse así. Si estaba puesta la direccional, ella debía haberse dado cuenta que tú ibas a virar. Hay que ser razonable.

‘Vieja ciega!’ le gritas, entre el sonido de pitos que se acumula detrás tuyo. Qué exagerados ellos también. Como si no tuvieran dónde pasar, si tienen el otro carril.

Por fin, la virada se pone en verde. Entonces aceleras, dándole el susto de la vida al carro que encabezaba la fila (¿Y por qué, si él también sabía que iba a virar?).

Llegas al trabajo con 5 minutos de anticipación. Miras a la de recursos humanos de forma triunfal. Te sientes el ser más chepo del mundo.

***

Nuestra forma de manejar nos describe como cultura. Ya sea en la calle, pasándonos la fila del super, o mintiendo sobre la edad de nuestro hijo para que nos cobren menos, en algún punto de nuestras vidas nos hemos dejado llevar por ‘la ley del vivo’.

La viveza no discrimina entre estratos altos y bajos. Está presente hasta en cosas tan sencillas como no devolver el vuelto cuando nos dan demás o parquearnos en un puesto de discapacitados.

Es que, en el fondo, esta actitud viene del concepto que nuestro tiempo vale más que el de otros. Al pasarnos una fila porque ‘estamos tarde’, sólo pensamos en que nosotros tenemos que estar en alguna parte. No consideramos que otros pueden también estar tarde o que, tal vez, tengan que hacer algo más importante que nosotros. O, cuando nos aprovechamos de alguien que es más ‘confiado’ o ‘ingenuo’, la culpa queda en el otro. Porque nosotros sólo fuimos ‘inteligentes’ en ver una oportunidad y tomarla.

Todos nos quejamos de la viveza pero a menudo participamos en ella, aunque sea de una forma que consideremos insignificante. Puede que al pasarte en la virada no causes un choque, pero pueden haber consecuencias que no ves, como hacer que otro llegue tarde a su reunión, o amargarle la mañana a alguien.

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Observar quiénes están a nuestro alrededor y cómo estos comportamientos, por más pequeños que sean, los pueden afectar de forma negativa. Salir de vez en cuando de nuestra burbuja donde sólo importan nuestros problemas y sentimientos. Porque sólo saliendo de nosotros mismos comenzamos a considerar a los demás.

Escrito por: Claudia Sensi Contugi.

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