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Una entrevista con la artista Sandra González.
fotolola
Fotos: Arturo Lara.

Mientras estudiaba una maestría en producción editorial en México, la guayaquileña Sandra González le preguntó a su tatuador si le podía enseñar los secretos del oficio. Él accedió y ella —artista, ilustradora, apasionada del conocimiento y llena de tatuajes— se metió de cabeza. Visitaba el estudio, leía del tema, se empapaba sobre los detalles: historia, medidas de higiene, uso de máquinas… En su tiempo libre, analizaba cada tatuaje como si fuera una obra.

Hoy, Sandra —conocida como Lola Duchamp— está de regreso en Ecuador y se dedica a este arte.

Eres una mujer en una industria considerada por muchos como masculina, ¿con qué prejuicios has tenido que luchar?

Realmente no sé si sucede con hombres, o simplemente es algo que ya viene con “ser mujer”. De cierta forma siento que se piensa que por lo que hago y los tatuajes que tengo, llevo una vida activa sexualmente con quien sea. Muchas veces me he sentido como un cliché de película porno. Recibo mensajes en doble sentido sobre mi práctica de tatuadora.

No sé si esto también les sucede a los hombres, podría ser que sí, pero sí me causa molestia porque no me considero un cliché. Soy mucho más que sólo tatuajes. Creo que hay personas que tatúan mejor que yo, y el género no tiene nada que ver con eso.

Viviste en México y ahora estás de regreso en Ecuador, ¿qué tan diferente crees que es la reacción de las personas en ambos países al ver a una mujer tatuada? ¿Cómo has lidiado con estos paradigmas en tu entorno más cercano?

He tenido que lidiar un poco acá en Ecuador con personas que piensan que una mujer tatuada (tatuajes grandes como los míos) no es “femenina”. Me doy cuenta que causa un poco de impresión en ciertas zonas de la ciudad más que en otras. En México no recuerdo haber lidiado con comentarios desagradables sobre mi apariencia.

 

Ser tatuadora es un oficio no tradicional, ¿es rentable? ¿qué tan cierto es que la pasión importa más que el dinero?

Cuando tatuaba en México me iba mucho mejor que acá, vivía sólo de tatuar tranquilamente. En Ecuador, si sólo me dedicara a eso, no creo que me iría tan bien, aunque sigue siendo mi fuente de ingreso más fuerte.

Creo que el tatuaje puede llegar a ser una forma de arte, como puede ser sólo un trabajo. En muchos casos lo tomo como un negocio: no siempre tatúo cosas que me gustan.

Tengo varias pasiones: tatuar, pintar, ilustrar, hacer fanzines, pegatinas, serigrafía, me gusta mucho el mundo editorial, investigar. Y trato de que todas me den un poco de ingresos.

¿Qué es lo que has aprendido de ti gracias a tu profesión?

Tatuar me ha ayudado a ser paciente. Ayudar a las personas en procesos de dolor, me ha enseñado a bloquear la energía externa que me podría afectar. Me siento bien cuando la gente me dice que se sienten cómodos conmigo o que no les duele tanto los tatuajes que hago. Siempre trato de hacer agradable el momento.

Escrito por: Thalíe Ponce.

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