Habla. tal vez tienes razón
¿Por qué es importante reunir el valor para hablar de cosas “incómodas”?

“Uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras”, decía Aristóteles. Al parecer, no solo era bueno para filosofar, sino que tenía unas agudas habilidades sociales. Aceptada e ingeniosa, pero sobre todo, cierta, la frase es una máxima de las buenas costumbres. Callar es para elegantes. Sobre todo en momentos en que los ánimos están sensibles y la gente arde alrededor. Y, después de todo, ¿cómo podría Aristóteles estar equivocado?

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Tal vez por esta última palabra habría que empezar.

Es sencillo: Hablo, me responden, y alguien tiene que ceder. O, como diría el maestro del maestro de Aristóteles, empieza la dialéctica. Y el dolor —estúpido y sensual dolor— de estar equivocado es tal vez la mejor forma de aprender. El método de prueba y error, que le dicen. Pero funciona también al revés: reafirma que estamos en lo correcto, aún cuando temamos lo contrario. El hombre más sabio de la televisión mexicana, el profesor Jirafales, lo dijo así: “La única vez que me he equivocado fue cuando pensé que estaba equivocado”.

Y por eso es útil hablar cuando se trata de política, donde no existen fórmulas definitivas y las decisiones se toman —de una u otra forma— entre todos. Esperamos que gente detrás de un escritorio tome decisiones que nos resuelvan la vida, pero ¿qué hacemos para saber qué elegir? Hay que hablar. De eso se trataba la democracia que se inventó la antigua Grecia.

Pero para hablar se necesita reunir valor.

A finales de los sesenta, Gabriel García Márquez se gastó todo su dinero en el envío del borrador de una novela que debía llegar de México a Argentina. Al regresar a casa, su esposa, Mercedes Barcha, le preguntó: “¿Y si la novela es una mierda?”. Pero no lo fue. Era Cien años de soledad, que en 2017, por cierto, está por cumplir cincuenta años de publicación. ¿Qué habría sido del boom si no hubiese tenido el valor de enviar esa novela?

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Entonces la pregunta será inevitable: ¿Por qué no lo dije antes yo? Los que trabajamos en la prensa aprendemos esto de la forma dolorosa (ensayo-error).

Hoy, poder decir lo que se piensa se considera la base de una sociedad libre. Pero así como es necesario reunir el valor, también requiere algo responsabilidad. O, digámoslo de una forma importante, hay que tener reparos para no decir cualquier cosa y quedar como neanderthal. Y un especial cuidado cuando se trata de algo tan sensible como la política, sobre todo porque las ideologías —sí, aún en el siglo XXI— funcionan más desde la emoción que desde la razón.

Según José Saramago, querer convencer a alguien de algo en lo que no cree es una falta de respeto. Pero no solo eso, es contraproducente: Hay que pasar por todo un proceso para cambiar de opinión, y nadie hace esa catarsis al frente de otra persona. Si amas tus ideas, no solo debes decirlas, tienes que dejarlas andar. Si vuelven, siempre fueron tuyas. Si no, nunca lo fueron.

“Llámenme un escéptico convertido”, escribía en 2012 el científico californiano Richard Muller en el New York Times. Así empezaba el artículo en el que aceptó, luego de un tiempo de negarlo, que el cambio climático existe, y que lo provocan por los seres humanos. Se hablaba tanto del tema, que él y otros once colegas sintieron la necesidad de comprobarlo.

Ese es el último paso —y el definitivo—: las cosas que se dicen nos pueden llevar a una comprensión superior. Y es algo que, de cara a la segunda vuelta en nuestro país, tendríamos que poner en práctica un poco más en el ámbito de la política, para que no nos quiera sorprender ninguno de los George W. Bush que andan por el mundo, a decirnos cosas como que “es hora de que la raza humana entre al sistema solar”.

Escrito por: José Miguel Cabrera Kozisek.

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