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Hay un momento en la vida en que tu página principal de Facebook se transforma por completo.

Hay un momento en la vida en que tu página principal de Facebook se transforma por completo. Algo cambia. Las fotos en discotecas se convierten en posteos del eco neonatal donde asoma un frejolito que en nueve meses será un bebé. Los status amorosos pasan de “soltera“ a “comprometida con Fulanito Pérez“ y tres millones de likes y deseos de felicidad  total. Tu mejor amiga de la universidad ya no postea selfies de sus mejores outfits, sino a su hija disfrazada de Rapunzel.

Llega un momento, después de los 25, en el que parece que todo el mundo está casándose y reproduciéndose. Menos tú. Tener un marido o un guagua es el último ítem en tu larga lista de prioridades -que incluye recorrer el sudeste asiático, bailar samba en el carnaval de Río, hacer un máster en literatura grecorromana o abrir tu propio café/bar/restaurante/changuito de comida chatarra- pero todo a tu alrededor es tul blanco, bebés con pijamas de Bob Esponja e invitaciones para matrimonios todos los sábados del mes.

Tu tía, la solterona, no pierde una oportunidad para torturarte: le va a pasar como a mi, se va quedar solita. O como me dijo mi abuela alguna vez: tú no tienes novio por esos peinados raros que te haces.  A cierta edad tu meta de vida debe ser conseguir los cuatro esenciales de la felicidad: casa, carro, perro, Diners. Si eres de la que tiene otros planes, si te tiene sin cuidado la llegada de un príncipe azul que se destiña después de la primera lavada, eres un bicho raro.

Pero eres un bicho feliz. Puedes tomar bourbon en tu casa hasta las tres de la mañana escuchando el primer disco de Shakira con los parlantes a toda porque no hay recién nacido que se vaya a despertar. Y también puedes vivir dignamente la resaca de la mañana siguiente, echada en tu cama viendo Gilmore Girls: no hay marido que imponga su tiranía sobre el control remoto. Además, ¿sabes cuánto cuesta una boda? Con esa plata le das dos vueltas al planeta y hasta te alcanza para las bielas.

Escrito por: Nessa Terán
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