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Tengo el derecho a reinventarme, las veces que quiera y en el momento que se me antoje.

Tengo el derecho a reinventarme, las veces que quiera y en el momento que se me antoje. No necesito pedir permiso para crecer, evolucionar y trascender de acuerdo a las metas que persigo. Tampoco pido autorización para mudar de credo, ideología o equipo de fútbol. Sí, tal vez antes era vegetariana y decidí regresar a las carnes. O en algún momento, estaba sumamente comprometida con una religión que ahora no siento mía. O mi carrera profesional no me hacía feliz y decidí darle un giro de  180 grados. ¿Hemos cambiado? ¡Claro que sí! ¿Acaso tiene sentido seguir siendo la misma persona la vida entera? Todos cambiamos, cada uno a su manera. El cambio viene intrínseco en cada nuevo día que abrazamos.

No somos los mismos, somos el resultado de experiencias y reflexiones. Somos altibajos, blancos, negros y grises. Llevamos un equipaje de recuerdos, años, amores y desamores. Nos alimenta la vida, sus regalos, sus desafíos y sus obstáculos. ¿Cómo es posible seguir siendo el mismo? Es ilegal o al menos debería serlo. Qué aburrida la monotonía y la falsa obligación de seguir una plantilla por siempre. No somos los mismos de ayer, tampoco somos mejores ni peores; solo somos nuevas personas que se atreven a respirar desde otra perspectiva.

Que las críticas se ahoguen en el vaso de agua del que nunca debieron salir. Solo son el resultado de alguien que todavía no entiende cómo funciona esto de existir. Exijo, defiendo y protejo mi derecho a reinventarme. Porque no soy la misma persona de ayer y no está mal no serlo. Porque podemos elegir un camino distinto si realmente lo deseamos. Porque la vida es tan fugaz como para no aprovechar el placer de reinventarse.

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Escrito por:
Paula Lanata Cedeño.
Politóloga en proceso. Creativa, pastelera y planner.

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Escrito por:
Paula Lanata Cedeño.
Politóloga en proceso. Creativa, pastelera y planner.

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