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Bienvenidos al siglo XXI, donde la fiebre del activismo en poco alcanzará la categoría de pandemia.

Bienvenidos al siglo XXI, donde la fiebre del activismo en poco alcanzará la categoría de pandemia. Esto no quiere decir que estamos peor o mejor que antes; simplemente tenemos cada vez más personas involucradas en distintas causas. Bien por nosotros, por nuestro entorno y por nuestra ciudad. Sin embargo, resulta urgente dejar ciertos puntos sobre la mesa. Ciertos puntos que, pese a ser obvios, al parecer son omitidos sistemáticamente. Como resultado, erróneamente se confunde el activismo con la santidad.

En primer lugar y por sobre todas las cosas, el activista no es un santo. Es alguien que tiene la camiseta puesta por alguna actividad y vuelca todos sus esfuerzos para alcanzar un objetivo. En teoría, debe tener coherencia entre lo que dice y lo que realmente es. Si promueve el clásico ‘sin sorbete por favor’, se esperaría el mínimo conocimiento de reciclaje. No tendría sentido que le declare la guerra solo a los sorbetes mientras su consumo de plástico en otros productos sea desmesurado.

Sin embargo, luchar por un mundo libre de sorbetes no te abstrae del lado mundano de la vida. Pecamos terriblemente cuando idealizamos tanto a un activista que nos espantaría verlo pasado de tragos un viernes. ¿Acaso una persona así no puede tener vida social?

Basta de poner al activista sobre un altar en el que realmente no está. No porque su labor no sea loable sino porque no es su cometido. También porque a fin de cuentas, es un individuo normal que decidió darle a su voz un mensaje común. Ni los activistas buscan que los santifiquen, ni la sociedad debería tergiversar su trabajo.

Gracias a los activistas por minimizar las diferencias e involucrar personas totalmente heterogéneas en busca de un mismo anhelo. Sin duda, está bien reflexionar sobre su papel y agradecerles. Lo que está mal, es creerlos iluminados y cercanos a la perfección. Si hay gente cansada del activismo es justamente por aquellos que usan una causa para beatificarse. Ni el activista es un santo, ni nosotros deberíamos ser tan ‘creyentes’.

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Escrito por:
Paula Lanata Cedeño.
Politóloga en proceso. Creativa, pastelera y planner.

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Escrito por:
Paula Lanata Cedeño.
Politóloga en proceso. Creativa, pastelera y planner.

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