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Entérate de las novedades que trajo la Feria del Libro a Guayaquil

La segunda edición de la Feria Internacional del Libro se inauguró el pasado 7 de Septiembre. La feria reunió a todas las librerías de Guayaquil en un mismo lugar, convirtiéndola en el Disney de los lectores y el mejor lugar para buscar tu siguiente excusa para trasnocharte. También contó con la presencia de editoriales independientes como El Fakir, basada en Quito, que es responsable por publicar novelas gráficas como ‘Virus Tropical’ de Powerpaola y ‘Achiote’ de Alberto Montt (también conocido por su blog gráfico ‘Dosis Diarias’), así como libros de prominentes escritores ecuatorianos como Gabriela Alemán.

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Recorrimos la zona infantil, dedicada a Roald Dahl por sus 100 años de nacimiento. Dibujos de personajes como el Gran Gigante Bonachón, una recreación de la famosa fábrica de chocolate de Willy Wonka, y una chica disfrazada leyéndoles ‘Matilda’ a un grupo de niños hicieron de esta zona un lugar tan mágico y divertido como los cuentos del autor inglés. Luego pasamos por la estación de cómics, donde los fanáticos dibujaban sus personajes favoritos y navegaban las estanterías en busca ediciones exclusivas.

Diario El Universo sorprendió con una exposición de portadas históricas, mostrando eventos nacionales, como la muerte de Roldós, y eventos de historia mundial, como la llegada a la Luna y el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

 

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Uno de los atractivos estelares de la feria es la presencia de autores reconocidos que no sólo vienen a firmar libros para sus seguidores, sino que nos dan la oportunidad de conversar con ellos. Laura Restrepo, escritora colombiana y autora de libros como ‘Delirio’ y ‘Hot Sur’, discutió su más reciente obra: ‘Pecado’, una colección de relatos que tratan temas desde adolescentes sicarios hasta el incesto. Nos comentó la importancia del humor cuando se trata de temas crudos, la ambigüedad de los mitos, y, al hablar sobre el pecado, nos dejó con una frase que causó furor en el salón: “La lujuria le vamos diciendo a Moisés que la tache, porque no nos parece tan grave.”

La velada finalizó con una conferencia de John Maxwell Coetzee, autor sudafricano ganador del Premio Nóbel 2003. Habiendo vivido la época del apartheid, no sorprendió que haya escogido el tema de la censura. Nos contó cómo en los años 70, en Sudáfrica, cada libro tenía que pasar por un censor que determinaba si el contenido era apto para ser publicado. Y cómo en esa época tres de sus libros, a pesar de tener contenido ‘no deseado’ (relaciones sexuales interraciales, términos despectivos dirigidos al estado y la policía) pasaron por los censores y pudieron ser publicados.

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Años después, Coetzee tuvo la oportunidad de leer las reseñas escritas por los censores. Todas tenían algo en común: dejaban pasar el contenido por ser libros que no llegarían a las masas. Es decir, sus libros eran tan complejos, tan literarios, que sólo serían leídos por intelectuales.

Nos explicó que, así como había excepciones en la censura para libros de medicina, los censores habían calificado a sus libros de un ámbito y valor casi académico. Los pusieron en la categoría de libros literarios, eran parte de la que llamó ‘República de las Letras’. La forma en que describió a estos censores fue como si fueran una especie de héroes sin reconocimiento, haciendo el trabajo sucio para salvar los trabajos con verdadero valor, para salvar esta ‘República de las Letras’. Eran los únicos que podían salvar la literatura sudafricana de esa época.

Cuando terminó su conferencia, el salón estalló en aplausos. No importaba que la charla sea en inglés y tenían que escuchar la traducción a través de un audífono. No importaba que no habían suficientes asientos y que tuvieron que escuchar parados. No importaba que el haya pedido no tomar fotos, y el celular quedó enterrado en nuestros bolsillos. El salón estaba repleto de gente ávida de conocimiento, que aprecia lo que significa tener a esta mente brillante en nuestra ciudad. Como dice el slogan de la feria: ‘Guayaquil es mi destino para leer y crecer’. La importancia de esta frase es que, como guayaquileños, nos hace creer algo que siempre negamos: que el guayaquileño sí lee, sí consume cultura y quiere que Guayaquil sea un centro para que ésta se desarrolle.

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