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Aventúrate en un recorrido por la Catedral de Sal, en Zipaquirá (Colombia).

A 180 metros bajo tierra se esconde una maravilla de oscuridad y sal.

Fuera del contacto de la luz del sol y de los ojos del mundo, en Zipaquirá (Colombia), está la Catedral de Sal. El templo conforma un complejo turístico, histórico y minero de 32 hectáreas subterráneas, en el que desde 1801 se extraían bloques de sal para el comercio.

En la entrada de este municipio colombiano se compra un boleto para un pequeño tren, que recorre la ciudad y luego llega hasta las minas. Ya en ellas, se adquieren los tickets para las diferentes atracciones turísticas: La Catedral de Sal, Ruta del Minero, Museo de la Salmuera, Espejo de Agua, entre otros.

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La experiencia es inolvidable. Fierros que conforman un arco sosteniendo roca pura de la montaña, son la entrada a este mundo mágico. Las paredes son negras, producto del contacto de la sal con el agua. Otras, son blancas o grises, manteniendo el color puro salino. La luz se torna azulada o amarilla. Por este sendero, cerca de 5.000 turistas transitan cada fin de semana deteniéndose un par de minutos para observar las estaciones de Viacrucis que llevan al altar.

Las estaciones religiosas son abstractas, comprenden la representación del calvario de Jesucristo de otra forma, con cruces de sal, ángeles, postes, en cavernas, entre otros. Si uno desciende sin tomar precauciones, puede caer en un precipicio.

 

Desde el coro de la catedral, la cruz que posa en el altar es engañosa. A simple vista, parece que su estructura es tallada en roca salina. Pero no. El asombroso secreto de esta escultura predominante y sobresaliente en la pared, iluminada de azul y amarillo para resaltar lo misterioso, asombroso e irreal de un templo subterráneo, es revelado a quienes visiten el lugar.

Luego del paso por cerca de 10 locales de souvenirs hechos de sal y resina, es hora de ponerse los cascos y agarrar pico y pala. Empieza la Ruta del Minero.

Además del guía principal, una soga ayuda a la travesía por un camino sin iluminación. El primer tramo tiene como regla estricta y principal no encender linternas.

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El camino en la oscuridad engaña. El tiempo se estira y hace pensar que uno ha atravesado más de 10 metros. Una vez pasado el primer reto, la recompensa es la encendida de las luces. Se sigue caminando sin ver una salida, hasta llegar a una caverna amplia, donde se empieza a usar el pico para extraer bloques de sal.

El trabajo parece fácil, pero esos 15 minutos son maratónicos. No se logra extraer ni una piedra de 3 centímetros de la pared. Solo polvillo blanco. Hace falta fuerza y experiencia: los mineros hacen esta labor por ocho horas diarias y a altas temperaturas.

Con la tarea casi fallida, se devuelven los uniformes y herramientas. El pago por el intento de extraer este “oro blanco” que convirtió a Zipaquirá en aquella época como un punto sobresaliente de comercio y bonanza, es una roca de sal de recuerdo. Una roca que equivale a la emoción y experiencia obtenida en aquel mundo subterráneo que cada día atrae más visitantes de todo el mundo para experimentar la aventura, penumbra y misterio.

Escrito por: Annabell Verdezoto

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