Natalia Ponce de León
Víctima de un ataque con ácido, Natalia nos enseña a reconciliarnos con nosotras mismas.

En 2014, la colombiana Natalia Ponce de León se volvió tristemente famosa. Sufrió un ataque con ácido, por parte de un hombre que se había obsesionado con ella y logró acercársele bajo una falsa identidad.

Su rostro —de rasgos delicados y espesas cejas negras— se desfiguró. La recuperación fue física y emocional. Las heridas no estaban solo en su cara, sino también en su confianza, su amor propio.

Luego de varias cirugías y un largo proceso de cicatrización, la piel de Natalia fue sanando. En el ataque, casi queda ciega pero casi por milagro, conservó su vista. Esa pequeña buena noticia fue el inicio de una lucha: verse al espejo y dejar de reconocerse fue una de las cosas más duras.

“Me vi en el espejo por primera vez y casi me muero”, contó en 2016 en una entrevista con BBC Mundo. “No me reconocí, era totalmente un monstruo. Dije: ‘no tiene sentido seguir así’; quise irme en muchos momentos”.

Pero el amor de su familia le ayudó también a sanar por dentro y a reconciliarse consigo misma. A amar su nueva piel, sus cicatrices, que simbolizan su lucha y la conquista de sí misma.

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Su experiencia fue el motor que la impulsó a la creación de una fundación dedicada a proteger y ayudar a las personas víctimas de ataques con químicos. Desde esa trinchera, Natalia brinda asesoría psicológica y legal a quienes han vivido una experiencia similar a la que ella sufrió.

Natalia se ha convertido además en una importante voz para las mujeres en el tema de violencia de género.

Hace poco, abrió su corazón en un diálogo con el medio El Espectador, donde contó algo de su recuperación. “La única manera de encontrarse con uno mismo es perdonando, y de corazón. Liberándose de toda esa ira y esa rabia, llegué a odiar demasiado con muchas ganas de venganza y pasé al otro extremo a sentir mucho amor”, dijo.

“Creo que perdonar es libertad, porque el odio es una cárcel”.

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