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Una reflexión sobre nuestra complicidad invisible en crímenes de violencia.

¿Somos de alguna manera cómplices de los actos de violencia que suceden en el mundo?

El pasado mes de junio, mientras la selección de Ecuador jugaba con Haití, 103 personas fueron víctimas de un crimen de odio. 50 de ellas perdieron la oportunidad de seguir existiendo, amando, y siendo abiertamente como eran.

Ante una masacre como esta, donde se atentó contra personas homosexuales por simplemente existir, el mundo se conmueve. Para algunos medios, la noticia se vuelve prioridad, y en redes sociales muchos manifiestan su indignación, pero… ¿hemos pensado nuestra relación con estos hechos?

Los pensamientos y oraciones resultan incongruentes mientras se segregue, violente y amedrente desde otros espacios y otras esferas; mientras se establezca categorías de primera y segunda clase para ciudadanos, y mientras se les niegue su identidad y derechos. Es necesario que no solo autoridades e iglesias, sino todos quienes conformamos las sociedades, nos preguntemos:

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Es válido indignarse y demostrar apoyo, pero también hay que empezar a cambiar.

¿Y si en lugar de usar la bandera de colores en un perfil, dejamos de usar gay como un término negativo?

¿Y si intentamos entender que un estilo de vida no se condiciona por la orientación sexual, sino que es, por ejemplo: desayunar una tostada, viajar anualmente y comprar productos de marcas blancas en el súper?

¿Y si nos queda claro que la orientación sexual no es asunto de preferencia o decisión?

Rechazar la micro-agresión desde nuestra cotidianidad es el primer paso para dejar de ser cómplices.

Solo hay que decidirnos a darlo, y entonces sí, nuestros pensamientos y oraciones se imprimirán de mejor manera en el mundo.

¿Y si en lugar de usar la bandera de colores en un perfil, dejamos de usar gay como un término negativo?

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